Ida
Tras cruzar la barrera de nubes el sol ha desaparecido por completo y el escenario de tonos oscuros se ha hecho tan visible que todos los elementos se me han presentado de nuevo, por primera vez. Negro mar, negra tierra y gris cielo.
Una hilera de molinos de viento surgía del mar, indicando el camino a seguir, del cielo a la tierra en un pájaro de hierro. Ya en el aeropuerto, tan frío como cualquiera de sus homólogos europeos, hay colocados incontables postes con focos para iluminar el recinto a partir de las 16h, cuando se hace de noche aquí durante el invierno. Y ahora lo es.
El tren que me debe conducir a Lund cruza por el puente Öresund, por encima del mar, el mismo paisaje a ambos lados. La voz que anuncia las estaciones da la información como si de un cuento de miedo se tratase.
Llega a Mälmo; tal y como había supuesto el frío sólo se siente en la calle. Cada uno de los recintos y medios de transporte estarán aclimatados, espero. Durante el viaje me he dormido un buen rato, una media hora seguida y luego algunos intervalos de 5 a 10 minutos. En total unos 90 minutos. En uno de estos intervalos debo haber dormido profundamente, pues me ha pasado algo que no esperaba. De pronto he ido al baño del avión y tras seguir el pasillo he llegado a un extraño aeropuerto, rodeado de aviones que hacían las piruetas típicas de los kamikazes antes de completar su misión. Al final de un pasillo había unas escaleras mecánicas que he supuesto me llevarían al baño pero eran tan largas que se me ha hecho tarde y he tenido que volver. A la vuelta la escalera tenía una especie de montículo y he tenido que coger carrerilla para llegar al final. De pronto me he encontrado en el avión de nuevo.
No nieva pero al respirar el frío que entra te corre por los pulmones y te quedas a la intemperie, en plena estación de tren.
Vuelta
El viaje terminó demasiado pronto. Lo suficientemente como para no poder llevar a cabo ninguno de mis propósitos y para marcharme con un mal sabor de boca y un agudísimo dolor de rodilla. “Mejor no haber venido”, me repetía esta mañana. El viaje debía servirme para medir un poco la temperatura de los últimos cambios y anticipar, aunque solo fuera por encima, los siguientes meses antes de dejarlo casi todo. La vuelta de Palestina me había dejado absorto en el espacio entre el golpeado y el salvador, justo a la entrada de ser alguien con posibilidades de entrar en acción. De ahí extraje una buena dosis de voluntad y seguir trabajando por la causa. La vuelta al trabajo fue interrumpida al momento por otra semana en Lisboa, colaborando con un contingente de comunistas con ganas de pasárselo bien. Me presenté, reí, hablé, bromeé, conduje, dormí y al final llegamos a Lisboa. Con ellos descubrí que todos somos humanos y que las ideologías sirven para hacer cosas pero no para ser, para ser sólo se puede ser defectuosamente humano. El nuevo hombre del Che no creció más que hasta la adolescencia, y algunos de los compañeros con los que fui a Lisboa, eran un poco altivos, crecidos de sí mismos, y miraban un poco por encima del hombro.
Lo mejor del viaje fue Lucía con quien compartí una cena, un desayuno e interminables conversaciones. Amamos tanto a Glenda, y desde entonces la quiero todavía más y siempre la asocio con Cortázar, de quien me he enamorado.
Ahora ni siquiera puedo recordar si además de Amsterdam y Cuba hice algún viaje más entre Septiembre y Diciembre. Supongamos que no.
A lo largo de estos meses he re descubierto una antigua y desconocida pasión por la antropología y me he dedicado a leer, estudiar y asistir a clases, sólo por interés, sólo por aprender, y creo que es una de las mejores cosas que he hecho en el 2008. Quizá el pero momentos de estos últimos 6 meses haya sido el previo a mi viaje a Cuba, teniendo que cerrar temas de trabajo, familia y maletas casi sin tiempo, para lo que luego supuso el viaje, tranquilo y accidentado a la vez. No obstante, me alegro de haber pasado dos semanas allí.
Sin querer he hecho planes a medio plazo, y me han salido, como siempre, tremendamente apetecibles, creativos y envidiables. Pasados por el filtro de la razón y ya explicados a mí mismo y a todos los de mí alrededor. Bea y yo saltamos alegres sobre una cuerda cada vez más gruesa pero cada vez más alta, que es nuestra relación. En cualquier caso me abandono a esa máxima ridícula de que el tiempo lo dirá para no comerme demasiado el coco. Brasil-BCN(antropología)-beca en algún lugar y en verano 2010 Europa del Este hasta Vladivostok, ¡casi nada! Plan para dos años que puede quedar reducido o anulado cuando me apetezca y no me da vértigo, lo asumo con total tranquilidad.
Otra de las cosas que pretendía hacer con el viaje a Suecia era ver a Nathali y saber quién era ahora, después de un año sin vernos y de nuestras nuevas relaciones. Me quedo sin verla y sin reírme con ella de las cosas que nos rodean.
Pausa porque en la pantallita del avión ponen un corto de Disney antiquísimo que yo tenía en el Cinexín, nostalgia de poca monta, Donald y Mickey comen mazorca haciendo ruido de máquina de escribir. Genial, aunque ahora representan algo malvado. Rematamos la faena con un capítulo de Friends subtitulado en holandés, misterios inescrutables del mundo global. Feliz de volver a escribir.
De repente, como para aliñar un poco el trayecto, la lucecita nos indica que debemos ponernos los cinturones. Por unos momentos que parecen horas el avión parece estar detenido, apenas transcurre el paisaje por las ventanillas. La tensión da paso a la belleza. La Côte d’Azur, una apertura perfectamente trazada y al oeste los pirineos, que majestuosamente sobresalen de una capa de niebla y nubes que con dificultad dejan entrever las ciudades que vamos sobrevolando. Distingo las Illas Medas y después, todo lo demás. El Cap de Creus, l’Estartit, l’Escala y más adentro Girona. Cuántas tardes pasé en l’Escala queriendo irme de allí. Domingos que se alargaban, la pelota y las paredes mientras mis padres, a regañadientes, recogían las últimas cosas para cargar el coche y volver, otro domingo más, de vuelta a Barcelona. Mi padre pasaba el fin de semana en casa y mi madre paseaba con Helena tardes y mañanas. Yo lo veía todo a una distancia prudente y siempre estaba fuera de la casa. A los 16 empecé a dejar de ir y 2 años más tarde la vendimos. Después he vuelto un par de veces, para ver si todo estaba en su sitio.
Pasamos la capa de nubes más espesa de la historia y llegamos al puerto de Barcelona, la Zona Franca, el aeropuerto… Ya estoy aquí.
Tras cruzar la barrera de nubes el sol ha desaparecido por completo y el escenario de tonos oscuros se ha hecho tan visible que todos los elementos se me han presentado de nuevo, por primera vez. Negro mar, negra tierra y gris cielo.
Una hilera de molinos de viento surgía del mar, indicando el camino a seguir, del cielo a la tierra en un pájaro de hierro. Ya en el aeropuerto, tan frío como cualquiera de sus homólogos europeos, hay colocados incontables postes con focos para iluminar el recinto a partir de las 16h, cuando se hace de noche aquí durante el invierno. Y ahora lo es.
El tren que me debe conducir a Lund cruza por el puente Öresund, por encima del mar, el mismo paisaje a ambos lados. La voz que anuncia las estaciones da la información como si de un cuento de miedo se tratase.
Llega a Mälmo; tal y como había supuesto el frío sólo se siente en la calle. Cada uno de los recintos y medios de transporte estarán aclimatados, espero. Durante el viaje me he dormido un buen rato, una media hora seguida y luego algunos intervalos de 5 a 10 minutos. En total unos 90 minutos. En uno de estos intervalos debo haber dormido profundamente, pues me ha pasado algo que no esperaba. De pronto he ido al baño del avión y tras seguir el pasillo he llegado a un extraño aeropuerto, rodeado de aviones que hacían las piruetas típicas de los kamikazes antes de completar su misión. Al final de un pasillo había unas escaleras mecánicas que he supuesto me llevarían al baño pero eran tan largas que se me ha hecho tarde y he tenido que volver. A la vuelta la escalera tenía una especie de montículo y he tenido que coger carrerilla para llegar al final. De pronto me he encontrado en el avión de nuevo.
No nieva pero al respirar el frío que entra te corre por los pulmones y te quedas a la intemperie, en plena estación de tren.
Vuelta
El viaje terminó demasiado pronto. Lo suficientemente como para no poder llevar a cabo ninguno de mis propósitos y para marcharme con un mal sabor de boca y un agudísimo dolor de rodilla. “Mejor no haber venido”, me repetía esta mañana. El viaje debía servirme para medir un poco la temperatura de los últimos cambios y anticipar, aunque solo fuera por encima, los siguientes meses antes de dejarlo casi todo. La vuelta de Palestina me había dejado absorto en el espacio entre el golpeado y el salvador, justo a la entrada de ser alguien con posibilidades de entrar en acción. De ahí extraje una buena dosis de voluntad y seguir trabajando por la causa. La vuelta al trabajo fue interrumpida al momento por otra semana en Lisboa, colaborando con un contingente de comunistas con ganas de pasárselo bien. Me presenté, reí, hablé, bromeé, conduje, dormí y al final llegamos a Lisboa. Con ellos descubrí que todos somos humanos y que las ideologías sirven para hacer cosas pero no para ser, para ser sólo se puede ser defectuosamente humano. El nuevo hombre del Che no creció más que hasta la adolescencia, y algunos de los compañeros con los que fui a Lisboa, eran un poco altivos, crecidos de sí mismos, y miraban un poco por encima del hombro.
Lo mejor del viaje fue Lucía con quien compartí una cena, un desayuno e interminables conversaciones. Amamos tanto a Glenda, y desde entonces la quiero todavía más y siempre la asocio con Cortázar, de quien me he enamorado.
Ahora ni siquiera puedo recordar si además de Amsterdam y Cuba hice algún viaje más entre Septiembre y Diciembre. Supongamos que no.
A lo largo de estos meses he re descubierto una antigua y desconocida pasión por la antropología y me he dedicado a leer, estudiar y asistir a clases, sólo por interés, sólo por aprender, y creo que es una de las mejores cosas que he hecho en el 2008. Quizá el pero momentos de estos últimos 6 meses haya sido el previo a mi viaje a Cuba, teniendo que cerrar temas de trabajo, familia y maletas casi sin tiempo, para lo que luego supuso el viaje, tranquilo y accidentado a la vez. No obstante, me alegro de haber pasado dos semanas allí.
Sin querer he hecho planes a medio plazo, y me han salido, como siempre, tremendamente apetecibles, creativos y envidiables. Pasados por el filtro de la razón y ya explicados a mí mismo y a todos los de mí alrededor. Bea y yo saltamos alegres sobre una cuerda cada vez más gruesa pero cada vez más alta, que es nuestra relación. En cualquier caso me abandono a esa máxima ridícula de que el tiempo lo dirá para no comerme demasiado el coco. Brasil-BCN(antropología)-beca en algún lugar y en verano 2010 Europa del Este hasta Vladivostok, ¡casi nada! Plan para dos años que puede quedar reducido o anulado cuando me apetezca y no me da vértigo, lo asumo con total tranquilidad.
Otra de las cosas que pretendía hacer con el viaje a Suecia era ver a Nathali y saber quién era ahora, después de un año sin vernos y de nuestras nuevas relaciones. Me quedo sin verla y sin reírme con ella de las cosas que nos rodean.
Pausa porque en la pantallita del avión ponen un corto de Disney antiquísimo que yo tenía en el Cinexín, nostalgia de poca monta, Donald y Mickey comen mazorca haciendo ruido de máquina de escribir. Genial, aunque ahora representan algo malvado. Rematamos la faena con un capítulo de Friends subtitulado en holandés, misterios inescrutables del mundo global. Feliz de volver a escribir.
De repente, como para aliñar un poco el trayecto, la lucecita nos indica que debemos ponernos los cinturones. Por unos momentos que parecen horas el avión parece estar detenido, apenas transcurre el paisaje por las ventanillas. La tensión da paso a la belleza. La Côte d’Azur, una apertura perfectamente trazada y al oeste los pirineos, que majestuosamente sobresalen de una capa de niebla y nubes que con dificultad dejan entrever las ciudades que vamos sobrevolando. Distingo las Illas Medas y después, todo lo demás. El Cap de Creus, l’Estartit, l’Escala y más adentro Girona. Cuántas tardes pasé en l’Escala queriendo irme de allí. Domingos que se alargaban, la pelota y las paredes mientras mis padres, a regañadientes, recogían las últimas cosas para cargar el coche y volver, otro domingo más, de vuelta a Barcelona. Mi padre pasaba el fin de semana en casa y mi madre paseaba con Helena tardes y mañanas. Yo lo veía todo a una distancia prudente y siempre estaba fuera de la casa. A los 16 empecé a dejar de ir y 2 años más tarde la vendimos. Después he vuelto un par de veces, para ver si todo estaba en su sitio.
Pasamos la capa de nubes más espesa de la historia y llegamos al puerto de Barcelona, la Zona Franca, el aeropuerto… Ya estoy aquí.

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